La economía mundial avanza entre dos fuerzas opuestas: una crisis energética que eleva precios y tipos de interés, y una avalancha de inversión en inteligencia artificial que mantiene en marcha el crecimiento. El Fondo Monetario Internacional estima que la actividad global continúa alrededor del 3% gracias, en buena medida, al gasto en centros de datos, semiconductores, redes eléctricas y software. La pregunta incómoda es si estamos ante una transformación productiva duradera o ante una apuesta financiera tan gigantesca que los mercados ya no pueden permitirse que fracase.

La discusión importa mucho más allá de Silicon Valley. La infraestructura de inteligencia artificial demanda capital, energía, minerales, suelo, agua y trabajadores especializados. También está reorganizando el comercio internacional: Asia fabrica buena parte del hardware, Estados Unidos concentra las plataformas y Europa intenta no quedar reducida a consumidor y regulador. Detrás de cada nuevo modelo existe una cadena industrial capaz de crear riqueza, pero también de concentrarla.

La tecnología que está compensando el choque energético

Durante las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial en Bangkok, la directora gerente del Fondo, Kristalina Georgieva, sostuvo que la inversión en infraestructura de inteligencia artificial está ayudando a mantener el crecimiento mundial cerca del 3%, pese al impacto negativo del encarecimiento energético. La fortaleza no se reparte por igual: las economías asiáticas integradas en la producción de chips, componentes electrónicos y equipos tecnológicos están capturando una parte especialmente visible del impulso.

El dato muestra que la inteligencia artificial ya no es solamente una aplicación que responde preguntas. Es un ciclo de inversión física comparable, en ciertos aspectos, a la expansión de las telecomunicaciones o de la electrificación. Se construyen fábricas de semiconductores, centros de datos, conexiones de alta capacidad y nuevas plantas energéticas. Esa demanda genera empleo e ingresos antes incluso de que se demuestre cuánto aumentará realmente la productividad.

El problema de crecer antes de demostrar beneficios

La inversión anticipa beneficios futuros. Las empresas gastan hoy porque esperan que la inteligencia artificial reduzca costes, acelere la investigación y transforme servicios completos. Sin embargo, existe una diferencia entre utilizar una tecnología prometedora y justificar cualquier valoración financiera asociada a ella. Cuando bancos, fondos, proveedores de energía y fabricantes dependen del mismo auge, una decepción deja de ser un problema tecnológico y se convierte en un riesgo macroeconómico.

El propio FMI advierte sobre el apalancamiento, la financiación circular y las conexiones globales que podrían amplificar una corrección. Una empresa invierte porque otra promete demanda; la segunda se financia porque los mercados esperan un crecimiento extraordinario; y los inversores aceptan precios elevados porque confían en que ninguna de las dos puede detenerse. El círculo funciona mientras los ingresos crecen. Si los resultados quedan por debajo de las expectativas, la misma conexión que aceleró el auge puede acelerar el ajuste.

¿Burbuja o nueva infraestructura económica?

Hablar de burbuja no significa que la tecnología sea inútil. Internet transformó la economía incluso después del colapso de numerosas empresas puntocom. Los ferrocarriles multiplicaron el comercio aunque muchos proyectos quebraron. Una innovación puede ser revolucionaria y, al mismo tiempo, atraer más capital del que puede rentabilizar en el corto plazo. La cuestión no es si la inteligencia artificial sobrevivirá, sino qué inversiones producirán valor y cuáles terminarán siendo capacidad costosa y mal utilizada.

El optimismo tiene argumentos sólidos. La automatización puede elevar la productividad, mejorar diagnósticos, optimizar redes logísticas y ampliar el acceso a servicios profesionales. El FMI calcula que la inteligencia artificial podría incrementar con el tiempo el crecimiento potencial anual mundial. Pero esos beneficios dependerán de la adopción empresarial, la capacitación laboral, la competencia y el acceso a infraestructura. Construir centros de datos no garantiza por sí mismo que las pequeñas y medianas empresas sean más productivas.

Los ganadores no serán necesariamente quienes creen los mejores modelos

La carrera suele presentarse como una competencia entre Estados Unidos y China, pero el mapa económico es más amplio. Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y Malasia ocupan posiciones relevantes en la cadena de hardware. Países con energía abundante pueden atraer centros de datos. Economías con talento técnico, instituciones confiables y conexiones digitales pueden especializarse en servicios. El verdadero premio no consiste únicamente en crear un modelo famoso, sino en capturar actividades productivas alrededor de todo el ecosistema.

Europa enfrenta una decisión delicada. Su regulación busca proteger derechos y limitar riesgos, pero una estrategia basada solo en reglas puede dejarla dependiente de tecnología extranjera. Necesita combinar supervisión con inversión, mercados de capital más profundos, energía competitiva y escalabilidad empresarial. América Latina parte con menos recursos, aunque puede aprovechar centros de servicios, energía renovable, minerales críticos y soluciones adaptadas a sectores como agricultura, salud y administración pública.

El coste oculto: energía, empleo y desigualdad

El auge digital también tiene una factura física. Los centros de datos compiten por electricidad y agua, mientras las redes necesitan inversiones que finalmente pueden trasladarse a empresas y hogares. Si la capacidad energética no crece al mismo ritmo, la inteligencia artificial podría mejorar la productividad de unas compañías y encarecer los costes del resto. La política pública debe evitar que el consumidor subsidie indirectamente una infraestructura cuyos beneficios quedan concentrados.

En el mercado laboral, el desafío no se limita a la desaparición de determinados puestos. Muchas ocupaciones se transformarán, aumentará el valor de algunas capacidades y disminuirá el de otras. Los países que inviertan en formación continua podrán repartir mejor las ganancias. Los que reaccionen tarde podrían importar herramientas, pagar rentas tecnológicas al exterior y asumir los costes sociales de la transición sin capturar suficiente productividad.

Una prueba decisiva para la economía mundial

La inteligencia artificial está actuando como motor de inversión en un momento de energía cara, deuda elevada y crecimiento débil. Eso es una oportunidad, pero también una advertencia: depender demasiado de un solo sector vuelve frágil a la economía. El éxito no debería medirse por el dinero destinado a servidores, sino por mejoras comprobables en productividad, salarios, servicios públicos y creación de nuevas empresas.

El escenario más probable no es un triunfo absoluto ni un colapso total. Algunas inversiones producirán cambios profundos y otras serán castigadas. La verdadera controversia está en quién asumirá las pérdidas si las expectativas fueron exageradas y quién conservará las ganancias si la promesa se cumple. La inteligencia artificial puede sostener el crecimiento mundial, pero convertir ese impulso en prosperidad amplia exigirá competencia, transparencia y políticas que miren más allá de la euforia bursátil.

Fuentes consultadas


Sobre el autor

Hugo Gabriel Amarillo Cordero es especialista en gestión pública, políticas públicas y análisis económico. Es máster en Administración y Gestión Pública por la Universidad de Cádiz y magíster en Gobierno y Políticas Públicas por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Cuenta con más de diez años de experiencia en el sector público y se desempeña como docente, expositor y creador de contenido especializado. Actualmente reside en España, desde donde publica análisis sobre economía y relaciones internacionales.

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