Un misil lanzado contra una refinería puede parecer un episodio lejano para quien llena el depósito en Madrid, compra alimentos en Lima o dirige una empresa en Ciudad de México. Sin embargo, cuando la instalación está en Arabia Saudita y el mercado ya opera con pocas reservas, la distancia desaparece. El petróleo Brent volvió a rondar los 115 dólares por barril este miércoles, mientras aumentaba el temor a nuevas interrupciones en Oriente Medio.

Los hutíes de Yemen afirmaron haber atacado la mayor refinería saudí, una instalación con capacidad para procesar unos 550.000 barriles diarios. Las autoridades de Riad no habían confirmado de inmediato el impacto. Esa cautela es importante: todavía no se conoce la magnitud real del daño. Pero el mercado no espera a tener todas las respuestas. Compra el riesgo antes de que el riesgo se convierta en escasez.

El problema no es un solo ataque

Si la refinería reanudara sus operaciones rápidamente, el efecto directo podría ser limitado. La inquietud surge porque el incidente se produce después de meses de tensión en el Golfo, ataques contra infraestructuras energéticas, dificultades en el transporte marítimo y una reducción de los inventarios disponibles en tierra.

La Agencia Internacional de la Energía calcula que las reservas mundiales observadas se encontraban en septiembre 509 millones de barriles por debajo de los niveles de finales de febrero. Además, las existencias terrestres estaban cerca de sus mínimos desde, al menos, 2016. En otras palabras, el sistema conserva capacidad para mover petróleo, pero dispone de menos margen para absorber una nueva interrupción.

Esta es la diferencia entre un incidente aislado y un posible shock mundial. Cuando los almacenes están llenos, una interrupción puede compensarse liberando reservas. Cuando los colchones se han reducido, cualquier ataque, avería o bloqueo añade una prima de seguridad al precio.

La verdadera amenaza se llama diésel

La atención pública suele concentrarse en el precio del barril, pero el punto más delicado está en los combustibles refinados. La disponibilidad de diésel en el mercado internacional sigue bajo presión. Las exportaciones procedentes de Oriente Medio y Rusia no se han recuperado al mismo ritmo que el suministro de crudo, mientras varias refinerías enfrentan costes elevados y problemas logísticos.

El diésel mueve camiones, maquinaria agrícola, barcos y parte importante de la industria. Si se encarece, la subida no queda encerrada en las estaciones de servicio. Viaja en el precio del pan, la fruta, los materiales de construcción, los billetes de avión y cualquier mercancía que recorra cientos o miles de kilómetros.

Por eso una crisis energética puede convertirse rápidamente en una crisis del coste de vida. El consumidor ve una factura más alta; la empresa observa que disminuye su margen; el Gobierno recibe presiones para subsidiar el combustible; y el banco central descubre que la inflación vuelve a subir por una causa que no puede controlar con los tipos de interés.

La trampa de los bancos centrales

Durante meses, los mercados esperaron que la inflación se moderara y permitiera abaratar el crédito. El petróleo caro complica ese escenario. Si la energía vuelve a impulsar los precios, los bancos centrales tendrán tres opciones incómodas: mantener los tipos elevados durante más tiempo, subirlos otra vez o aceptar temporalmente una inflación superior al objetivo.

Ninguna alternativa es gratuita. Un crédito caro enfría la vivienda, la inversión y el consumo. Tolerar más inflación reduce el poder adquisitivo y puede desanclar las expectativas. Subir los tipos mientras la economía se debilita sería todavía más arriesgado.

El Banco de Canadá señaló este 28 de octubre que el Brent se situaba alrededor de 35 dólares por encima del nivel observado en julio y que toda la curva de futuros había subido. Esto indica que el mercado no considera el encarecimiento como un sobresalto de unas pocas horas: una parte de los operadores espera precios altos durante más tiempo.

Europa queda especialmente expuesta

Estados Unidos produce grandes cantidades de petróleo y puede beneficiarse parcialmente de una subida de precios. Europa se encuentra en una posición distinta. Importa buena parte de la energía que consume, depende del comercio marítimo y afronta costes industriales que ya son superiores a los de varios competidores.

Un nuevo shock petrolero encarecería el transporte, presionaría a las aerolíneas y dificultaría la recuperación de industrias intensivas en energía. También obligaría a los gobiernos a decidir si vuelven a utilizar rebajas fiscales y ayudas que alivian el golpe inmediato, pero amplían el déficit público.

América Latina presentaría un mapa desigual. Los exportadores de crudo podrían recibir más ingresos, aunque no necesariamente los convertirían en inversión productiva. Los países importadores enfrentarían monedas más débiles, combustible más caro y un mayor coste de transporte. Incluso las economías productoras pueden sufrir si importan diésel o gasolina por falta de capacidad de refinación.

Tres escenarios para las próximas semanas

  1. Contención. El daño resulta limitado, la instalación funciona con normalidad y las tensiones regionales no aumentan. El petróleo pierde parte de la prima de riesgo, aunque difícilmente vuelve de inmediato a los niveles de comienzos de año.
  2. Inestabilidad prolongada. Continúan los ataques esporádicos contra refinerías, oleoductos, aeropuertos o buques. No desaparece una gran cantidad de petróleo, pero aumentan los seguros, los fletes y los costes de seguridad. Este es quizá el escenario más probable y también el más difícil de explicar, porque la factura sube sin que exista un único momento de ruptura.
  3. Escalada. Una instalación estratégica queda fuera de servicio o se interrumpe una ruta marítima esencial. Los precios podrían registrar movimientos bruscos, los gobiernos liberarían reservas y los bancos centrales revisarían sus previsiones. El golpe ya no afectaría solo a la energía: llegaría al crecimiento, las bolsas y el empleo.

No es 1973, pero el margen es menor

La economía mundial consume hoy la energía con mayor eficiencia que hace medio siglo y dispone de más proveedores. Estados Unidos produce más, las renovables han avanzado y las reservas estratégicas permiten responder a emergencias. Comparar automáticamente cada tensión con la crisis de 1973 exagera el riesgo.

Pero también sería un error minimizarlo. La deuda pública es más elevada, el coste del crédito ya resulta incómodo y los hogares todavía recuerdan la última ola inflacionaria. El mundo tiene más herramientas energéticas, pero menos espacio fiscal y político para utilizarlas.

El precio de 115 dólares no anuncia por sí solo una catástrofe. Funciona, más bien, como una advertencia. La economía mundial depende de infraestructuras muy concentradas y de rutas que atraviesan zonas de conflicto. Mientras esa vulnerabilidad continúe, la inflación no será únicamente un fenómeno monetario: también podrá llegar en forma de misil, cierre portuario o refinería paralizada.

Fuentes consultadas

Sobre el autor

Hugo Gabriel Amarillo Cordero es especialista en gestión pública, presupuesto y evaluación de políticas, con experiencia en el sector sanitario. Es máster en Administración y Gestión Pública por la Universidad de Cádiz y magíster en Gobierno y Políticas Públicas por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Cuenta con más de diez años de experiencia en el sector público y desarrolla análisis sobre gestión pública, economía y políticas internacionales.

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